Reseña de lectura: La modernidad de lo barroco.

Tema complejo y apasionante el escogido por nuestro autor, el filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría, quien de manera profunda y reflexiva, trata de establecer los lazos que unen nuestra modernidad con el concepto de lo barroco, centrado en el siglo XVII.

Es precisamente bajo esa visión que distinguimos los dos temas principales en la obra crítica de Echeverría; tanto la definición del concepto de modernidad como del de lo barroco: ¿En dónde comienza la unidad entre ambos? ¿Cómo se relacionan y bajo qué fundamentos? Semejante exploración es la que se realiza a lo largo de la obra analizada, en donde el autor ahonda –y nunca mejor utilizado el término- en cada uno de los temas que a su juicio establecen la respuesta y de paso propone que la modernidad tiene como uno de sus componentes principales lo barroco y lo barroco, a su vez, se realiza plenamente en la modernidad.

Ya en un trabajo previo de 1989 Modernidad y capitalismo: 15 tesis sobre la modernidad, Echeverría había tratado sobre ella ampliamente, conceptos que retoma para ligarlos con lo que él denomina un ethos barroco en la actitud moderna ante el hecho capitalista, ante la realidad imperante, asunto que veremos más adelante.

Dividido en dos partes principales, el libro abarca primero, bajo el título de En torno al ethos barroco, una exploración histórica que expone aquellas características que podrían definir algo tal como lo barroco, se establece además la conexión en cuanto al retorno a los modelos clásicos y culmina advirtiendo una actitud filosófica empapada de lo barroco en la filosofía del aparato cultural moderno.

Es en la segunda parte, Lo barroco en la historia de la cultura, en donde Echeverría realiza un intenso recorrido histórico que abarca el siglo XVII y llega hasta el XX, para establecer sus hipótesis, mismas que veremos a detalle en las páginas subsecuentes.

Queda clara entonces, la temática de la obra, de corte filosófico acerca de dos periodos de la historia de la cultura humana y cómo se relacionan entre sí; siendo por ende, el barroco y la modernidad las etapas en las que Echeverría viene y va con su característica profundidad filosófica, para cimentar sus conclusiones. Estudia diversos ejemplos de dichos periodos en ello, tanto políticos como artísticos, para indicar esa relación que hace de hilo conductor durante todo su texto crítico, desde La Malinche hasta la filosofía de Leibniz, pasando por La Compañía de Jesús y las esculturas de Bernini, nos muestra cómo todo guarda una relación en la consecución histórica que desemboca en nuestro mundo capitalista actual.

Agudo y perspicaz, Echeverría demuestra desde el prólogo sus intenciones:

“Explorar, dentro de una problematización filosófica de las categorías empleadas por la historia de la cultura, la cabida que lo barroco puede tener dentro de una descripción crítica de la modernidad.”

Lo cual me parece logra asentar a través de dos preguntas a las que intentará darles respuesta, mismas que él mismo deja bien claras también en el concreto prólogo, éstas son:

“¿En qué estrato o momento de la constitución del mundo moderno se muestra de manera más adecuada y radical una copertenencia entre su modernidad y el barroquismo?” y “¿En qué sentido puede hablarse, por un lado, del carácter necesariamente moderno de lo barroco y, por otro, de la necesidad de un barroquismo en la constitución de la modernidad?”

y las complementa con una breve repasada a la cuestión de lo posmoderno que caracteriza al final del siglo XX.

Utiliza nuestro autor su sabiduría filosófica para llevarnos de la mano por el peso ontológico de ciertas concepciones sobre la condición humana, ligándolas a la búsqueda del origen de aquellas corrientes del pensamiento que desembocaron en la creación de lo barroco.

Comencemos pues a recorrer el texto ya de lleno, trataremos de establecer las tesis de Echeverría en torno a esta temática interesantísima, pues al final veremos cómo este tipo de reflexiones nos muestran una utilidad más allá de los fenómenos artísticos, hasta los terrenos de toda la construcción civilizatoria de nuestra especie.

Cabe señalar que el enfoque de esta pequeña reseña de la lectura, está orientado al contexto de entender, a partir de la propuesta echeverriana, el concepto de lo barroco y la relación que éste pudiera guardar con el aspecto literario de la época, en lo concerniente a tratar de entender la motivación de los autores que hemos estudiado en el aula de mi carrera de Letras Hispánicas en la UNAM.

El autor señala primero la oposición lingüística que se dio en el proceso de conquista de los territorios transatlánticos españoles, a manera de ejemplo de que

“una acción de escasa magnitud puede desatar una transformación gigantesca”,

destacando la función de La Malinche como intérprete entre las dos culturas encontradas; aquí, el punto importante es el bosquejo que hace el filósofo ecuatoriano acerca de los factores de la construcción de la modernidad capitalista tal y como la conocemos ahora, subrayando que es un proceso no acabado que por lo tanto, puede ser modificado. Bajo esa convicción, Echeverría continúa situándonos en su definición de lo barroco y de la existencia de su ethos, palpable desde la asimilación de una cultura por otra que implicó el proceso de conquista, en donde, la importancia de La Malinche fue tal y tan barroca, que dio origen a una tercera cultura, la mestiza, diferente ya de las dos culturas encontradas ¡qué mejor ejemplo de lo barroco!

Pero atendiendo a lo que considera nuestro filósofo como un tal ethos barroco, habrá que dejar en claro que básicamente lo que se busca es establecer la teoría de lo que en mayor grado Echeverría denomina como ethos histórico, al respecto, nos explica:

“una teoría, un mirador, al que he llamado del ethos histórico, en cuya perspectiva creo poder distinguir algo así como un ethos barroco.”

Procede entonces a definir lo que entiende por lo barroco, y que es básicamente, aquello que busca una nueva propuesta (artística, de vida, política, religiosa, de actitud, etc.) a partir de los modelos clásicos y presentes y que en el camino, da origen a una tercera forma, producto de esa oposición creativa. Y esto, lo barroco,

“se presenta como un fenómeno específico de la vida cultural moderna”,

por ende, es un momento de la misma.

Ahora bien, éstas tesis iniciales utilizan ejemplos sincrónicos en la historiografía humana para detectar comportamientos barrocos en diversas etapas, reforzando así lo expuesto; tal es el caso de las esculturas de Bernini, respecto de lo cual Echeverría explica que el escultor italiano es un:

“artista ubicado ya en el desencanto post-renacentista, se plantea como proyecto suyo no seguir el canon clásico sino rehacerlo, no aprovecharlo sino revitalizarlo, ponerlo nuevamente a funcionar como en el momento de su fundación”

que ejemplifica el comportamiento barroco al igual que aquél de los jesuitas de La Compañía de Jesús, quienes quieren:

“reconstruir en concepto de Dios, rimodernarlo, ponerlo al día. Al rehacerlo, sin embargo, lo modifican, y lo hacen tan sustancialmente que el Dios reconstruido ya no coincide con el Dios de la teología medieval, se parece poco a él.”

Mostrando así como este proceso de mestizaje cultural procedente de lo barroco, se manifiesta en diversos momentos históricos, haciendo hincapié en lo híbrido del mestizaje colonial en toda América, detectando ahí de nuevo, la pervivencia del ethos barroco, ya que:

Son los criollos de los estratos bajos, mestizos aindiados, amulatados, los que, sin saberlo, harán lo que Bernini hizo con los cánones clásicos: intentarán restaurar la civilización más viable, la dominante, la europea (…) Al hacerlo, al alimentar el código europeo con las ruinas del código prehispánico (…) se descubrirán poniendo en pie una Europa que nunca existió antes de ellos, una Europa diferente, latino-americana.

Luego entonces, la fundación de las naciones latinoamericanas actuales es un ejemplo de la actitud barroca, nuestros países son por ende de un origen barroco, y Bolívar Echeverría demuestra en estos tres ejemplos la fortaleza de sus razonamientos al llevarnos de la mano por esta reflexión para dejarnos más en claro su concepción de lo barroco.

Toca su hipótesis también el origen del modelo económico capitalista y el valor de uso desde su más remota formación en la Edad Media, como reacción al agotamiento de la época en el terreno económico, siendo esto en sí mismo tanto un rasgo distintivo del mundo moderno como un acto del comportamiento barroco.

Al respecto de la modernidad, Echeverría dice que:

“Por modernidad habría que entender el carácter peculiar de la forma histórica de totalización civilizatoria que comienza a prevalecer en la sociedad europea en el siglo XVI”

y hace hincapié en la contradicción que existe en ella, la contradicción de una vida social ya transformada en donde el valor de uso rige desde un humanismo agudo, teniendo como vehículo el hecho capitalista, lo explica así:

Se trata, en esencia, de un hecho que es una contradicción, de una realidad que es un conflicto permanente entre las tendencias contrapuestas de dos dinámicas simultáneas, constitutivas de la vida social: la de ésta en tanto que es un proceso de trabajo y de disfrute referido a valores de uso, por un lado, y la de la reproducción de su riqueza, en tanto que es un proceso de “valorización del valor abstracto” o acumulación de capital, por otro. Se trata por lo demás, de un conflicto en el que una y otra vez y sin descanso, la primera es sacrificada a la segunda y sometida a ella.

Y distingue cuatro maneras de vivir el mundo dentro del capitalismo, que coinciden con los periodos históricos de la humanidad, a partir de los primeros brotes capitalistas; sus ethos o actitudes ante el hecho:

  1. El ethos realista, que básicamente acepta el hecho capitalista y lo ve como la única posibilidad existente.
  2. El ethos romántico, que es crítico del capitalismo y sin embargo militante.
  3. El ethos clásico, que mira a los hechos nefastos del capitalismo como tolerables por compensarse con una positividad de existencia efectiva, en una visión comprensiva, y finalmente,
  4. El ethos barroco que no acepta el hecho capitalista, que lo mantiene ajeno y alejado en la medida de lo posible, re-creando una nueva forma de vivir y proponiéndolo en diversas formas.

El ethos barroco:

“pretende convertir en bueno el lado malo por el que, según Hegel, avanza la historia”

y es aquí en donde percibimos ese enlace de lo barroco con lo moderno de manera clara y me parece, que de la única forma posible y a la manera de los grandes creadores del Renacimiento tardío.

Las tesis que el filósofo postula responden así a las cuestiones iniciales que buscaba resolver en cuanto a que es en la modernidad misma, así como lo fue en el siglo XVII, en donde el barroco y la modernidad se enlazan de manera más clara, en ambos sentidos, es decir, tanto las propuestas artísticas nacientes a partir de la creatividad y el ansia reconstructiva de los artistas del siglo XVII ante un mundo agotado develan una actitud moderna en ello; como el carácter predominantemente barroco en las opciones vitales dentro de un mundo moderno exprimido por el capitalismo inmisericorde e inflexible y sus nuevas ramificaciones (neoliberales) en su contradicción, son prueba de ello.

Este ethos barroco surge en el Siglo de oro y se liga definitivamente a toda la cuestión del nuevo mundo, desde el deseo de renovación a partir de las cenizas de las civilizaciones perdidas en el proceso de conquista, hasta la propuesta de una nueva forma católica expuesta por los jesuitas, hasta la manera en la que hoy en día están constituidas las vidas prácticas en los países latinoamericanos.

¿Acaso no es entonces este ethos barroco echeverriano lo que mejor explica los absurdos y las contradicciones risibles que percibimos en el caos cotidiano de la Ciudad de México por ejemplo?

Interesante hallar respuesta en las tesis de nuestro agudo filósofo ecuatoriano, pero no sucumbamos ante la tentación de expandirnos a temas que serían propios de otra entrada, limitémonos a continuar la revisión de lo trazado en el libro que nos ocupa.

Bolívar Echeverría pone bajo la lupa, así, el examen del mundo humano moderno y a partir de ese examen obtiene éstas y otras interesantes observaciones que aplica a la mejor comprensión de cómo y porqué funciona como lo hace el mundo actual, la cultura presente.

Concluye que, el ethos barroco dominó ampliamente durante todo el siglo XVII para después irse disolviendo ante los otros ethos, con la permanencia del romántico durante los siguientes dos siglos, pero reconoce también que en esta modernidad actual, el ethos barroco permanece aunque:

“reducido a la periferia del mundo contemporáneo”

en quienes

“insisten, pese a todo, en que la vida civilizada puede seguir siendo moderna y ser sin embargo, completamente diferente”,

distinta del mundo real, en el que el hecho capitalista impera como una única opción propuesta por el sistema.

El siguiente listado es una síntesis de los puntos más importantes del contenido de la obra, que incluyen tanto las tesis que postula, como los argumentos más importantes con los que intenta demostrarlas, comenzando desde el inicio del ensayo propiamente y habiendo ya repasado lo más importante que expone en el prólogo:


Se parte desde un hecho histórico importante: La Conquista, como un hecho barroco, al dar por resultado la raza mestiza.

Se establece la existencia de un ethos barroco, que gira dentro del ethos histórico de la humanidad, y que se dibuja como una actitud alternativa ante una realidad imperante de valores decadentes.

Repasa Echeverría la propuesta de una nueva modernidad católica que La Compañía de Jesús de Ignacio de Loyola llevó a efecto, y la identifica como otro hecho netamente barroco que ya vincula a la modernidad.

Examina los antecedentes clásicos del barroco en los Siglos de Oro y lo que ellos tienen de actitud moderna, vincula a Roma como precursora del ethos barroco.

Se distingue una actitud barroca en el discurso filosófico moderno, el cual propone distintas visiones del fenómeno capitalista.

El enigma del siglo XVII como un siglo de transición, el siglo del “paradigma barroco”, en el cual la forma de vida barroca alcanzó aquí su punto más pleno. Transición entre lo viejo y decadente y lo nuevo pero dominado, al respecto, me parece importante esta distinción:

Nada parece emparentar más fuertemente a nuestro corto siglo XX (1914-1989) con el largo siglo XVII que la presencia en ambos de un fenómeno histórico sumamente particular: la actualidad de un proceso de transición perfectamente maduro, se diría incluso, sobre madurado, que se mantiene sin embargo detenido, pasmado, encerrado en un círculo del que no encuentra manera de salir.

Aparece el punto medio del ensayo, en el que es preciso entender los conceptos de cultura y de modernidad; y para ello Echeverría realiza una interesantísima exposición de los orígenes del hombre desde el punto de vista filosófico-ontológico y explica también su consistencia semiótica, que da por resultado la búsqueda de un tal sentido en el sinsentido mismo de la vida, algo ajeno al ciclo biológico:

“Por ser de consistencia semiótica, la realización de la sociedad humana tiene que ser en principio original, única, ajena al cumplimiento repetitivo y uniforme de la tarea vital”

De ese humanismo al mezclarse con la cultura, surge lo que Echeverría denomina

“creativismo cultural”

que se distingue básicamente por ser el sustituto que la modernidad reclama, de una revolución total de la forma, que es prácticamente irrealizable.

La modernidad busca este cambio en las formas, debido a sus características principales: el desarraigo, la aparición del mercado mundial con todo su influjo cultural, y principalmente la conciencia colectiva de individualismo en donde las formas antiguas ya no son ni deseables, ni suficientes, ni posibles.

Es a través de la cultura, que la modernidad busca trascender el “núcleo traumático en el valor de uso” en el que se halla inmerso.

La definición del concepto de modernidad y como ésta se relaciona con el capitalismo dando así forma a los rasgos característicos de la vida moderna, destacando al “humanismo” como la vertiente por la cual se decanta el cimiento mental del mundo actual, en donde el mundo es en función del hombre, producto todo esto del valor de uso.

El concepto de ethos histórico a detalle: un comportamiento estructural social que se repite a través del paso del hombre por el planeta, guiando la constitución de las más diversas formas de lo humano. La cultura debe pasar por él para su realización en la modernidad, para poder sobrevivir a los cambios cualitativos provocados por el capitalismo.

Que:

“el proceso de la vida humana pueda desenvolverse con naturalidad”

es, según nuestro autor, la búsqueda deseable de la modernidad que para lograrlo utiliza lo barroco, entre otros ethos. Para ello debe vencer la contradicción en la que el sistema de producción capitalista la sumerge, meta alcanzable por diversas vías y también aquí, distingue cuatro ethos de la modernidad a saber:

1. El ethos realista, que trata la cuestión contradictoria del capitalismo como inexistente.

2. El ethos romántico, en donde el capitalismo es vivido ilusoriamente como una modalidad del espíritu, el “espíritu de empresa”, transformándolo y justificándolo así.

3. El ethos clásico, que ya no niega el culto por el valor de uso, sino que lo acepta y lo considera incluso necesario.

4. Es por supuesto, el ethos barroco de la modernidad, por demás interesante, que no borra ni niega la contradicción capitalista, sino que al reconocerla como inevitable, la rechaza como imposición y busca una tercera forma irrealizable, que me parece ya esbozamos anteriormente.

Ya dentro del ethos barroco moderno, nuestro autor analiza sus vertientes, y, anteponiendo la característica moderna de la necesidad de elección (dificultosa en el s. XVII), esboza cómo el comportamiento barroco moderno

“elige –de una manera que se antoja, paradójica- por los dos contrarios a la vez, es decir, en realidad el resolverse por una traslación del conflicto entre ellos a un plano diferente, en el que el mismo –sin ser eliminado- quede trascendido”

Y lógicamente, elegir la tercera posibilidad, la irreal, la que no tiene cabida en el mundo moderno establecido, es, según Echeverría poner

“el mundo, tal como existente, de hecho entre paréntesis”

Es de hecho en esa elección barroca de vivir, instalados ya en un mundo que subyace irrealmente por debajo de la realidad imperante, en donde las nuevas generaciones establecidas en los países americanos conquistados por España y Portugal principalmente, se instalan y fundan lo que serán las futuras naciones latinoamericanas.

En el siglo XVII, la vida cotidiana, bajo el dominio del ethos barroco, experimenta una desrealización semejante a la modernidad, en donde la ruptura con la realidad circundante decanta a los hombres a buscar su tercera opción en lo imaginario, lo irreal, pero estéticamente posible, y allí entra en juego:

“la exagerada estetización barroca de la vida cotidiana”

que permite disolver los límites entre el mundo real y el mundo ilusorio. De ahí el auge del teatro nuevo y su éxito en la población contagiada del ethos barroco. A la par la Iglesia Católica, buscó actualizarse bajo estos cánones barrocos, logrando con el culto mariano su efecto más durable.

Dentro de las características artísticas de las obras pertenecientes al periodo barroco, todas ellas encaminadas a la exageración ornamental, la decorazione assoluta de Theodor W. Adorno, llama la atención de Echeverría la retórica absoluta o liberada de la literatura, como ejemplo claro de arte barroco, en general:

“El universo artístico del barroco se asemeja a un laberinto en el que un sinnúmero de ambivalencias en las que el mundo se entrega a la experiencia humana se suponen las unas a las otras, conducen las unas a las otras, se cambian las unas por las otras”

y menciona la ambivalencia protagónica en La vida es sueño de Calderón de la Barca, que lleva a confundir lo real y lo ficticio, lo cuerdo y lo ilusorio, y otra serie de oposiciones atractivas para la cultura popular que se reconoce ahí por medio del ethos barroco. Me parece que el teatro evangelizador jesuita es también un teatro marcadamente influenciado por el ethos barroco.

El arte popular encuentra un exquisito hilo conductor en el arte barroco, lo que es más, parece ser su origen mismo en cuanto a una tal cultura popular moderna.


Podemos observar, en estos puntos que Echeverría trata a detalle en el curso de su texto, los argumentos con los que expone y defiende sus tesis al respecto de las preguntas iniciales que formula en el prólogo, pareciéndome que quedan parcialmente contestadas.

Quedan evidentemente en el tintero interrogantes que surgen de las básicas en cuanto a esa relación de lo barroco y la modernidad, sobre todo aquellos tocantes al evento histórico de La Conquista como fenómeno que bien pudiera ser más determinante como percutor del ethos barroco que lo que el mismo Echeverría piensa o al menos externa en su ensayo.

Sin embargo, lo que propone arma un rompecabezas que nos ayuda a entender mejor tanto el periodo barroco en diversas esferas de significación (artística, política, económica, filosófica, etc.), como la modernidad en la que día a día lo barroco toma lugar.

Dentro de esta ambivalencia encontramos las claves para también comprender el proceso creativo en las artes del siglo XVII europeo, y aquí subyace la utilidad enorme que resulta el libro para los fines que un buen curso de Siglos de Oro debe perseguir:

Situar a los alumnos mejor en aquel momento histórico culturalmente, para atisbar la comprensión de algo tal como “lo barroco”, cuya definición es tan ambigua como clara a nivel semiótico, más aún después de leer las tesis de Echeverría.

Nos ayuda evidentemente a revisar con un juicio mucho más atinado la serie de temas tratados, por si quedaba alguna nube que estorbara para la visión más nítida de los mismos.

Debo concluir esta pequeña reseña de lectura con un profundo agradecimiento al profesor de la cátedra de Siglos de Oro II en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Lic. Raúl Aguilera Campillo, quien se ha asegurado a través de su programa, de dejarnos muy en claro el vastísimo panorama que implica tratar del siglo XVII en la literatura española, porque sin duda, como dice Echeverría, es un siglo de transición, el del fascinante paradigma barroco.

Daniel Martín del Campo, Ciudad de México, Octubre-Noviembre de 2012.

BIBLIOGRAFÍA:

Echeverría, Bolívar. La modernidad de lo barroco. México: Ediciones Era, 1998.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s